El museo que devuelve la niñez

 

 

 

 

Redacción Sociedad Domingo 20/05/2012
Educación
Juegos y actividades entretuvieron a 11 universitarios de la Espe, quienes permanecieron una noche en el Museo Interactivo de Ciencia

“¿Dijeron que juguemos?”, cuestiona con ironía Santiago Amaguaña a su compañera, que construye una figura con legos de colores. Jenny Cueva se ríe; entusiasmada continúa con su figura y contesta que la deje volver a su infancia y que nunca es tarde para jugar. Santiago, de 21 años, y Jenny, de 19, se miran en silencio y vuelven a reír. Sus cinco compañeros también lanzan carcajadas. Unos están recostados en una alfombra azul y otros sentados en cubos morados, alrededor de una mesa del mismo color. En el amplio cuarto también hay cubos verdes, teatrinos verdes, cajones verdes… Es la Sala Guaguas del Museo Interactivo de Ciencia (MIC) y ellos, estudiantes de la Espe, dormirán ahí. El viernes, cuatro centros culturales de Quito realizaron ‘La Noche de los Museos’, para conmemorar el Día Internacional de estos espacios culturales. “¡Ya, hagamos, que nos queda poco tiempo!”, interrumpe María José Sagñay y mira su reloj. Son las 22:00 y pronto deben cumplir con la consigna: Crear un nombre para su equipo con el color que les ha sido asignado, el verde. Hay dos grupos más: el naranja y el morado; pero los verdes aseguran que serán el mejor. “¡Máquinas verdes, vamos a aplastarlos!”, bromea Pablo Castro, de 20, y muestra la hoja en la que dibujó un tractor de ese color. La actividad concluye y los mediadores del museo piden a los estudiantes que se levanten y formen una fila. Algunos están cansados. “Esta semana fue pesada, de muchos trabajos y las siguientes son de exámenes”, se lamenta Pablo, quien junto a los 21 invitados cursa el segundo año de Ingeniería en Administración Turística y Hotelera. Los estudiantes, con el calentador verde que los identifica como politécnicos, se alinean en una fila y siguen al mediador. La tibieza y la claridad de la Sala Guaguas queda atrás. Afuera, la noche es fría y oscura y solo el guía tiene linterna. Al bajar unas escaleras para llegar a un piso subterráneo, la poca visibilidad que queda se pierde. La fila se desarma y ahora se toman de las manos o se agarran de la cintura. Entre risas nerviosas y órdenes de silencio avanzan con pasos cortos. “¡Hooola chicos! ¿Cómo están?”, irrumpe un señor con capa y sombrero negros. Aunque su tono es amigable, su aparición repentina causa saltos y gritos que luego se hicieron risas al ver al personaje que se presenta como El Mago. Pide que lo sigan y, sin separarse, se adentran a un enorme galpón. El espacio está lleno de inmensas máquinas. Allí, desde 1930 hasta 1999, funcionó La Industrial, una fábrica textil. El paso de los jóvenes se acelera y se convierte en trote; corren hacia donde hay algo de luz. “No me da miedo dormir aquí”, había dicho Carla Moreno en la Sala Guaguas, 15 minutos atrás. Ahora sostiene firme el brazo de su amiga. “Me acuerdo que de niña me daba miedo la oscuridad”, se oye una voz distante, en la oscuridad, donde no se distinguen rostros. Las risas nerviosas cesan cuando llegan a otro salón iluminado. Aunque este no es el Museo Americano de Historia Natural ni estamos en Nueva York, aquí, en el MIC algunos personajes también cobran vida como en la película ‘Una Noche en el Museo’. Una poetisa, un electricista y un mecánico se presentan con disfraces vistosos. Charles Darwin y Galileo Galilei también llegan para guiar a los universitarios en la próxima actividad: la gymkhana. Pablo y Santiago no lucen tan entusiasmados como sus amigas al recibir el sobre que les da la primera pista: “Para este juego comenzar es necesario que recuerden que en nuestro cuerpo tenemos una valiosa caja para cuidar, la que guarda los recuerdos”. Los siete miembros de laMáquina Verde se miran, se unen en círculo y cuchichean. De inmediato corren hacia la Sala Mente. Suben gradas, bajan rampas. El apuro y el despiste llevan a Jenny Cueva al suelo. En seguida se levanta y sigue corriendo hasta llegar al destino. Desde la primera hasta la última pista producen discusiones para descifrar las claves. Charles Darwin los guía en la última pero no les sopla las respuestas. Llegan, sudados y con la respiración agitada, al salón donde ya los espera otro de los grupos. Son las 00:10 y la Máquina Verde coloca los siete sobres en la mesa; deben reunir las palabras sueltas, que contenía cada uno, para armar una frase: “La ciencia es simplemente divertida”. Santiago Amaguaña la lee y se sincera entre risas: “Es cierto que la ciencia es entretenida. No me divertía tanto desde niño”.

 

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